domingo, 23 de septiembre de 2007

Un trozo de espejo

Reflexiones sobre la guerra y la maternidad
Por DAISAKU IKEDA

Yo tengo un espejo. Siempre lo llevo conmigo. De hecho, no es mas que un trozo de espejo del tamano de la palma de mi mano. Es mas bien grueso, de esos que seguramente se encuentran con facilidad en un basurero.
Pero para mi es mucho mas que basura. Cuando mi mama se caso, lo trajo consigo como parte de su "trouseau", bellamente empotrado en su marco respectivo. !Cuantas veces ha debido reflejar el rostro de mi madre recien casada! Veinte anos despues, sin embargo, el espejo se rompio. Mi hermano mayor Kiichi y yo, recogimos los fragmentos y guardamos los dos mas grandes de recuerdo.
Poco tiempo despues estallo la guerra. Mis cuatro hermanos mayores, uno a uno, se fueron al frente de batalla. Unos a luchar en China, otros al sudoeste asiatico. Yo tuve fuertes sentimientos de aversion hacia la guerra. Mis cuatro hermanos, que estaban en el albor de su vida, listos para ir a trabajar y contribuir con el sustento familiar, fueron separados de su familia con el envio de un "simple" papel: el aviso oficial de reclutamiento.
Nunca olvidare el desagrado y la rabia con las que Kiichi, al regreso de China, describio las atrocidades humanas que presencio alli, llevadas a cabo por la armada japonesa. Dijo: "Japon estaba equivocado" y lamento profundamente lo sucedido al pueblo chino. Yo desarrolle un profundo odio hacia la guerra, su crueldad, su estupidez y su desperdicio.
Tragicamente, la Guerra del Pacifico mostro el salvaje desenfreno del nacionalismo japones a traves de toda el Asia. Los japoneses se convirtieron en emisarios del "infierno", causando un sufrimiento indescriptible y mucho dolor en los paises vecinos y en la ciudadania del Japon. Nunca debemos olvidar las terribles crueldades que causamos en el hermoso pais de Filipinas. Ofrezco mis mas sinceras disculpas por la desdicha incalculable ocasionada por los militares japoneses en ese tiempo.
Mi madre, separada a la fuerza de sus cuatro hijos mayores, intentaba no mostrar su congoja, pero de pronto, envejecio. Entonces, comenzaron los bombardeos aereos sobre la ciudad de Tokio y pronto se convirtieron en sucesos de todos los dias. Yo mantuve el trozo de espejo siempre conmigo, colocandolo con mucho cuidado dentro del bolsillo de mi camisa, mientras eludia, a mi paso, las bombas que caian a nuestro alrededor.
La guerra habia ensombrecido todos los rincones de nuestra existencia. Finalmente lo que todos presentiamos se hizo realidad: la derrota. El 15 de agosto la guerra, que habia sido iniciada y peleada en nombre del emperador, ahora terminaba con la voz del mismo emperador en la radio exhortando a los japoneses a "soportar lo insoportable". A los 17 anos mi corazon se debatia entre la esperanza y la angustia.
La gente se sentia aturdida. Pero entonces nos dimos cuenta de que los cielos estaban calmados por primera vez en meses. Tuvimos un sentimiento de alivio. Esa noche pudimos por fin encender las luces. !Cuanta claridad! Pense: “que buena es la paz”. Estabamos todos aliviados, pero ninguno se atrevia a decir abiertamente: "me alegro que hayamos perdido. Gracias que se acabo la guerra."
Para ese momento, el unico deseo de mi madre era ver a sus hijos volver de la guerra, sanos y salvos. Le preocupaba especialmente Kiichi. No habiamos oido hablar mas de el desde de su traslado de China al sudoeste asiatico. De vez en cuando mama nos comentaba que habia sonado con Kiichi y que en el sueno el le decia que pronto regresaria.
Finalmente, casi dos anos despues del fin de la guerra, y cuando ya mis otros hermanos, uno a uno, habian vuelto, recibimos la notificacion de que a Kiichi lo habian matado en Birmania. Pense de inmediato en el trozo de espejo que el llevaba consigo en el bolsillo de su camisa del uniforme. Podia imaginarmelo en medio de una pausa, en plena lucha, sacando su espejo del bolsillo y viendo su barbuda cara reflejada en el, al tiempo que recordaba con nostalgia a su madre en el calor del hogar.
Cuando mi madre recibio la noticia de la muerte de Kiichi, nos dio la espalda y comenzo a sollozar dolorosamente. Esta era la perdida y la tristeza mas grande de toda su vida. Senti en las profundidades de mi ser lo tragico y lo inutil de la guerra. La guerra, capaz de generar tanto sufrimiento a una madre inocente de todo crimen, es sin lugar a dudas, el mas absoluto de los males.
La guerra solo trae sufrimiento y desdicha a la gente comun, a sus familias y a sus madres. Son siempre personas anonimas y desconocidas las que gimen en medio del barro y de las llamas. En la guerra, la vida es utilizada como un medio para lograr un fin, similar a un producto desechable. Se dice que toma veinte anos de paz hacer un hombre, pero solo veinte segundos destruirlo. Por eso es que siempre debemos oponernos a la guerra, ya sea no involucrandonos en ella, o no permitiendo que otros la hagan. Todas las rivalidades y los conflictos tienen que ser resueltos a traves de la sabiduria y no del poder.
En los oscuros y dificiles tiempos que siguieron a la derrota del Japon, me fui de mi casa y me mude a una pension. El cuarto era pequeno, vacio y feo, pero afortunadamente, yo tenia el trozo de espejo conmigo. Todas las mananas, cuando me iba al trabajo, lo sacaba y lo usaba mientras me afeitaba y me peinaba.
En 1952, cuando me case, mi esposa trajo consigo un nuevo espejo empotrado y de alli en adelante lo utilice para verme en el. Un dia encontre a mi esposa con el trozo de espejo roto en sus manos, mirandolo desconcertada. Cuando vi que el espejo podria terminar en la papelera si yo no le decia algo le conte la historia de ese trozo de espejo. Ella se las arreglo para encontrar un bonita caja de madera de "paulonia" y alli guardo el espejo donde sigue todavia, a salvo.
Cada vez que veo el trozo de espejo roto, recuerdo esos dias de mi juventud, tan dificiles de describir, recuerdo las oraciones de mi madre y el triste destino de mi hermano mayor y continuare recordandolo mientras viva.

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